-Hola!-.
-Sí-.
Ella lo saludaba,
él respondía descortesmente.
Le preguntaba sobre el clima, las noticias del día, los gajes del oficio y se reía.
Le respondía con monosílabos. Casi a desgana.
También preguntaba si estaba triste o si por el contrario era feliz, hasta si se había cepillado los dientes y puesto el protector bucal para dormir. Le hablaba de los sueños donde él aparecía, de la comida arrocífera, de lo que le habían cobrado los del mercado chino. Y preguntaba si estaba cara la verdura.
Él asentía, negaba rotundamente, afirmaba y aseveraba.
Repreguntaba por la mamá, el papá, los estudios, los diplomas, los exámenes y la rutina. También sobre las horas de trabajo, las horas extras, las guardias y lo que dormía. No paraba. Averiguaba de los caminos transitados, las sendas a recorrer, las metas por cumplir.
Y él se enojaba, pataleaba, se enfurecía, gruñía, no contestaba.
Indagaba por sus sueños íntimos, aspiraciones a futuro, miedos, frustraciones y a la vez lloraba. Se desconsolaba. Husmeaba por su vida, su casa, sus amigos y otra vez lloraba. Estaba fuera. Del otro lado de la vía, del otro lado de la puerta cerrada bajo llave, candado y trancada, con un bulldog de custodia.
Él se escondía.
-Tenés novia?-
-Sí, por?-
Basta de preguntas.
